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martes, 12 de mayo de 2015

El ave del poeta



Macho de Roquero solitario (Monticola solitarius)

El despertar del día en el momento en que los tibios rayos de sol parecen detener el viento, traen hasta mi "escondite" el vigoroso canto del roquero solitario. No es de extrañar que este mismo canto cautivase al mismísimo San Juan de la Cruz y de su mutua compañía naciesen estos preciosos versos:


Mi amado, las montañas,
los valles solitarios nemorosos
las ínsulas extrañas
los ríos sonorosos
el silvo de los ayres amorosos,
la noche sosegada
en par de los levantes de la aurora
la música callada
la soledad sonora
la cena que recrea y enamora.

Macho de roquero solitario en Magacela. Extremadura

Ahora, a medida que avanza el día, el macho de roquero solitario se ha adueñado del posadero donde le dejo algunos gusanos como agradecimiento por la sesión fotográfica que ha compartido conmigo. Antes que él estuvieron las collalbas, pero ante su presencia robusta y altiva, huyen despavoridas. Sin embargo varios días después, cuando la hembra ha terminado de incubar y viene a por la "ceba" de sus hambrientos pollos, no consiente la presencia cercana del macho, al cual expulsa sin la menor piedad hasta los abismos de las rocas más alejadas. Todo sea por que el mes que viene, una familia completa de roqueros solitarios visite nuestro "Salón del Gourmet"?
Si nos fijamos con detalle, la hembra está anillada, trataré de saber cuántos años lleva por aquí. Espero que como San Juan y yo, sepáis disfrutar del cobalto canto de las rocas.
Hembra de Roquero solitario con "ceba" para sus pollos
En esta imagen puede observarse la anilla metálica de su pata izquierda

martes, 28 de abril de 2015

Una "Negra" y una "Rubia"



Macho de collalba rubia

 

Desde hace algunos años las collalbas se han convertido para mí, en algo más que unas bellas aves para observar. Me encantan sus colores, el espasmódico movimiento del cuerpo (agacharse y levantarse en fracción de segundos), el nerviosismo de sus colas, con esa "T" negra invertida sobre fondo blanco... me podría pasar horas contemplándolas.
Tras descubrir un buen posadero de collalba rubia (Oenanthe hispanica), cercano al castillo de Magacela, me decidí a probar suerte para fotografiarlas. Se trata de una roca elevada, cubierta de líquenes donde acostumbra a pasar largos minutos cantando. Después de "cebar" varios días con tenebrios creo que ha llegado el momento.
Tras entrar al aguardo con las primeras luces del alba, escucho el canto cercano de las chovas piquirrojas del castillo, seguro que comienzan sus primeros vuelos aunque no puedo verlas. También lo hace una bandada de grajillas que se posan en las inmediaciones de mi escondite. Da gusto mirarlas.
Ahora finalmente escucho a la collalba rubia. Se trata de un macho de garganta blanca, muy elegante en la pose, que poco a poco va acercándose al posadero. Sus movimientos son rapidísimos. Entra, coge un tenebrio y sale disparado, apenas tres segundos y desaparece.
No me lo explico, con la cantidad de "ricos manjares" que le he dejado. Al poco vuelve y... lo mismo. Habrá que esperar. Y vuelve, esta vez se queda quieto, abre las alas y mira hacia arriba nervioso, algo pasa.
En pocos segundos aparece una hembra de collalba negra (Oenanthe leucura), ante la cual se aleja raudo del posadero. La collalba negra es bastante más grande, y posiblemente agresiva con los competidores más pequeños. Esta ave sí se muestra confiada y segura, aguanta varios minutos comiendo tenebrios y cuando se ha saciado, coge varios con su pico y desaparece, seguramente a cebar a su prole. Este es el momento en que aprovecha de nuevo la "rubia" para volver a por el alimento. Sabe que dispone de poco tiempo hasta que vuelva "la negra", y lo aprovecha.
Al poco la hembra de collalba negra regresa acompañada, esta vez por el macho. Es curioso el plumaje tan distinto que presentan en la cercanía, el marrón oscuro de la hembra contrasta con el negro brillante del macho, que a su vez hace más visible la "T" de su cola. Tras tomar varias fotografías, dejo a un lado la cámara y me dedico solo a contemplarlas. Menudo lujo, mejor que todos los libros que poseo y que todos los programas que puedas ver en televisión. Por si fuera poco, ahora llega un escribano montesino (Emberiza cía), que con su azulado plumaje engalana el posadero.
Tras varias horas y cientos de buenas fotografías en las tarjetas de memoria, abandono el hide.
Según recojo los "archiperres" de regreso al coche, decido dar una última vuelta por las inmediaciones de la sierra. Hay al menos seis parejas de collalba rubia de las cuales dos presentan "garganta blanca" y cuatro "garganta negra", aquí están juntas las dos formas o morfos. Curiosamente la guía de Lar Svenson y Killian Mullarney describe como más común la collalba rubia de garganta blanca en el oeste y la de garganta negra en el este, parece que aquí se ha incumplido la regla, o ha imperado la fusión ¿no os parece?

Macho de collaba negra

Hembra de Collalba negra




Hembra de Collalba negra
Hembra de Collalba negra





martes, 4 de noviembre de 2014

Castillo de Magacela: Una atalaya en la puerta de La Serena





 
Muchos años después, cuando los recuerdos se tambaleaban dispersos en mi memoria, me encontré de nuevo con la nitidez de sus muros. Tras rodear el cerro donde se asienta, y atravesar las callejas con las fachadas mejor conservadas, engalanadas con geranios, lirios, gardenias y otras multicolores flores aromáticas, que quizás contribuyeran a que este conjunto fuera declarado Bien de Interés Cultural en 1994,  me dispuse a subir. En el ascenso encontré a dos asiduos a pasar la tarde en la cima, discutiendo acerca de las bondades de sus perros, uno galgo y otro podenco.
Continuo dejándolos con sus cosas, saco mis prismáticos, y me pongo "a lo mío".  En estos días de finales de verano la suerte puede obsequiarnos con "un trío de damas", y vamos a por ellas. Dos se reproducen aquí y una coincide con sus primas sólo durante "el paso", quizás si os digo que cuentan con una "T" de color negro invertida en su cola, que destaca sobre las plumas blancas, ya sabréis que hablamos de collalbas.
 

En efecto, la collalba negra cuenta con tres parejas en el entorno del castillo y la collalba rubia al menos con dos, además con la suerte de las dos variantes o morfos: gorgiblanca y gorginegra, mientras que la collalba gris visita las laderas del castillo dos periodos al año: el paso post nupcial a final del verano, cuando terminó de reproducirse en las tierras altas, y el paso prenupcial en primavera, cuando se dirige a sus territorios de cría.
En estos días, cuando se ha alcanzado la cima y se contempla el paisaje desde la altura, dejando al norte las Vegas Altas del Guadiana y contemplando el inicio de la extensa penillanura de La Serena hasta las sierras de Puerto Mejoral, o las dehesas abiertas que se densifican hacia el Ortigas, se advierte que esta atalaya elevada sobre unos terrenos tan bajos, puede convertirse en un potente y atractivo imán para las aves que se desplazan elevadas por los vientos en sus largos viajes migratorios. No en vano, estas rocas han abrigado en días de ventosas tormentas a roqueros rojos y escribanos hortelanos. Quien sabe hasta donde le conducía su viaje.



Lo mismo ocurriría con los pobladores humanos, que desde muy pronto comenzaron a asentarse en torno a esta fabulosa y atractiva atalaya. Así lo demuestra la presencia en la misma base del cerro de un dolmen, decorado interiormente con petroglifos de figuras antropomorfas y zoomorfas, así como solisontes. De él solo se conserva la cámara circular, que está compuesta por doce ortostatos de granito, pues se ha perdido el corredor de acceso, su cubierta y el túmulo. También existen abrigos con pinturas rupestres, situados en la bajada de la cresta de la sierra hacia el oeste, que atestigua la presencia del venturoso y nómada cazador paleolítico. Mientras nos dirigimos hacia ellas en cualquier día soleado de primavera, el estrecho sendero se engalana con los cantos de ruiseñores, oropéndolas, y el corretear nervioso de las lagartijas colilargas, que ya se encuentran afanadas en la búsqueda de pareja entre cantuesos y ahulagas. Ahora las bandadas de grajillas, que anidan en los mechinales de la torre que se mantiene en pie, se elevan sin esfuerzo mientras lanzan al cielo sus familiares "quía" que ya nos enseñó "el Azarías" llamando a su "milana". Entre ellas hay una pareja de chovas piquirrojas que anidan en la iglesia, son más acrobáticas y discretas.
Observándolas se pierde la noción del tiempo, que solo se recupera cuando desaparecen tras la loma, lo mismo que los últimos rayos de sol. Ha llegado la hora de regresar a nuestro tiempo.



Lagartija colilarga (Psammodromus algirus)

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